
Los Soliloquios o Meditaciones es uno de los mayores libros de sabiduría de las letras clásicas, o sea, grecolatinas. No es una obra de abstracta filosofía, sino un muy concreto manual de vida: un arte de vivir compuesto por uno de los grandes personajes de la historia antigua, el emperador romano Marco Aurelio.
Roma fue una república entre los siglos VI a. C. y I a. C., periodo en el que extendió sus dominios por todo el mundo mediterráneo, y se convirtió en un imperio bajo César Augusto en el año 27 a. C., etapa que se prolongaría hasta el siglo V de nuestra era, que vio la caída del imperio romano de Occidente y marca el inicio de la Edad Media.
Nacido en Roma en el año 121 y muerto probablemente en Vindobona, antiguo nombre de Viena, en el 180, Marco Aurelio perteneció a la dinastía de los Antoninos, la edad de oro del imperio, integrada por Nerva, Trajano, Adriano, Antonino Pío y él mismo. Esta dinastía se caracterizó –forzada un poco por las circunstancias, porque los tres primeros miembros no tuvieron hijos– por elegir para el imperio al individuo que se consideraba más apto entre la élite romana, en lugar de heredar el poder a un descendiente o familiar directo, sometiéndose al azar de la genética. Así, fue Adriano quien mandó adoptar al adolescente Marco Aurelio con el propósito de que algún día ascendiera al trono. No por nada Marguerite Yourcenar imaginó sus Memorias de Adriano, una de las más novelas que mejor recrea el mundo y el espíritu romanos, como una larga carta de este a su eventual sucesor.
Marco Aurelio perdió a su padre siendo niño y fue criado en casa de su abuelo, Marco Annio Vero. Era un chico serio y disciplinado, a quien llamaban cariñosamente Verissimus, por su amor a la honestidad. Se formó en el estudio de la retórica y la oratoria, sobre todo de la mano de Frontón, el principal orador de su tiempo, pero luego se interesó más por la filosofía, especialmente el estoicismo, en el que fue instruido por Rústico. Siendo aún muy joven fue nombrado cuestor y luego cónsul, en preparación para ascender al imperio. Este llegó en el año 161, a la muerte de Antonino Pío –cuya última palabra, aequanimitas, ‘ecuanimidad’, fue la cifra de su carácter y su gobierno–, y encontró a Marco Aurelio en plena madurez, a los cuarenta años. Toda su vida se había preparado para ese momento y esa responsabilidad, que asumió con frialdad, sabiendo que el gobierno no es menos una carga que un privilegio. Por su propia iniciativa tuvo al principio un compañero en el poder, su hermano adoptivo Lucio Aurelio Vero, a quien Adriano también había hecho parte de su familia, y que murió pocos años después.
El periodo imperial de Marco Aurelio no fue apacible y estuvo más bien a la defensiva. Se caracterizó por diversos conflictos militares –con los partos, primero, y luego con varios pueblos germánicos– y por la pandemia llamada “peste antonina”, que pusieron a prueba el temple del emperador. Marco Aurelio, que no tenía mayor experiencia ni vocación militar, debió ponerse al mando de sus ejércitos e internarse en los confines de sus dominios para restablecer la paz. Al derrotar a sus enemigos, como era costumbre romana, adoptaba los títulos que hacían alusión a sus victorias: Particus, Germanicus, Sarmaticus, entre otros. Allí, por cierto, en un campamento militar, nacieron los Soliloquios, refugio filosófico en medio del fragor de la guerra.
Camino de vuelta a Roma después de las campañas militares, se detuvo en Atenas, donde fue iniciado en los misterios de Eleusis y dispuso cátedras permanentes para las cuatro principales corrientes filosóficas: platonismo, aristotelismo, epicureísmo y estoicismo. Ya en la capital del imperio, comenzó el proceso para nombrar a su hijo Cómodo su sucesor, rompiendo así la tradición antonina y cometiendo uno de los pocos errores que pueden achacársele, pues Cómodo resultó ser un gobernante frívolo y cruel.
Nuevas invasiones bárbaras obligaron al emperador a abandonar Roma otra vez y partir a la frontera del Danubio. No volvería más a la ciudad. Tras obtener la victoria contra los marcomanos, Marco Aurelio cayó enfermo y murió el 17 de marzo de 180. Con él terminaba también la mejor etapa del imperio.
Los Soliloquios –escritos originalmente en griego, no en latín como hubiera podido esperarse, pues el griego era la lengua por excelencia de la filosofía– siguen los arduos preceptos del estoicismo, una de las tres principales escuelas de la filosofía helenística, que comenzó a la muerte de Alejandro Magno en el año 323 a. C., junto con el epicureísmo y el escepticismo. El estoicismo –del griego stoa, ‘pórtico’, por el lugar de Atenas donde se reunían sus seguidores– fue fundado por Zenón de Citio a finales del siglo IV a. C., y continuado por Crisipo y Posidonio, entre otros, pero lo que se conserva es fundamentalmente obra de sus herederos romanos: Séneca, Epicteto y Marco Aurelio.
¿Qué tenía este pensamiento, que era común a un esclavo liberto como Epicteto y a un emperador? El estoicismo era una filosofía completa, con su física, su metafísica y su ética, pero el componente más importante y a la larga perdurable, por el que sigue siendo vigente hoy, es el ético. La visión estoica del mundo partía de la idea de que este se encontraba gobernado por la razón (el logos) y, por lo tanto, no tenía sentido oponerse a lo que ocurría (la enfermedad o la muerte, por poner dos casos extremos). Hacerlo era ser irracional; había que conformarse con lo que disponía la naturaleza.
Aunque no necesariamente compartamos hoy los presupuestos del universo estoico, no es difícil admirar su moral, basada en el temple, la fortaleza y el dominio de uno mismo (“muy poderoso es aquel que se posee a sí mismo”, sentenció Séneca en las Epístolas a Lucilio). Es una filosofía especialmente útil en la adversidad, en esos momentos de prueba que llegan a toda vida. Uno de los tópicos del estoicismo es que hay muchas cosas que escapan a nuestro control, que no está en nuestras manos evitar que nos ocurra algo malo, pero sí cómo reaccionamos a ello. El ideal, expuesto en las páginas que siguen, es exigente: “Haz por ser semejante a un promontorio contra quien las olas de la mar se estrellan de continuo y él se mantiene inmóvil, mientras que ellas hinchadas caen y se adormecen alrededor. ‘¡Infeliz de mí!’, dice uno, ‘porque tal cosa me aconteció’. En verdad no tiene razón. Diría mejor: ‘dichoso yo que, en medio de lo que me sucedió, quedé sin recibir pena alguna, ni me quebranta lo presente ni me espanta lo venidero, porque una semejante desgracia a todos pudo acontecer, pero no todos sin pena la hubieran podido llevar’ ” (IV, XLIX). Los Soliloquios son una escuela de carácter y de voluntad.
Sin embargo, y este es uno de los rasgos que lo vuelven más humano y entrañable, Marco Aurelio sabe bien que ser estoico no es fácil, que es un aprendizaje que nunca termina, que no se conquista de una vez y para siempre. Por eso está continuamente observándose, amonestándose, reprendiéndose, y a la postre resulta evidente que al propio emperador le costaba un gran trabajo poner en práctica algunos de los principios de la doctrina. No se siente, en lo absoluto, en la cima de la sabiduría y en posición de aleccionar a los demás. A lo que asiste el lector de su obra es al testimonio de su continuo proceso de educación: “¿Sí llegarás alguna vez, ¡oh, alma mía!, a ser buena, sencilla, uniforme, sin rebozo y más patente a los ojos de todos que ese cuerpo de que estás vestida? ¿Sí al cabo empezarás a tener gusto en la benevolencia y sincero amor para con todo? ¿Sí algún día te hallarás satisfecha y sin necesidad de nada, no deseando ni codiciando cosa alguna, ni animada ni menos inanimada, para el goce de tus delicias, no apeteciendo tiempo en que pudieses disfrutarlas más a la larga?” (X, I).
Los Soliloquios –en realidad, Marco Aurelio o uno de sus primeros editores tituló al libro sencillamente Ta eis heauton, que podría traducirse como A sí mismo– no es una obra sistemática, planeada cuidadosamente para su publicación. Es una obra fragmentaria (lo que a ojos de la Modernidad, fragmentada ella misma, la hace quizá más atractiva que un tratado metódico), pensada para uso más privado que público. Es una suerte de diario filosófico sin fechas. Dividida en doce libros, el primero es una serie de agradecimientos del emperador a las personas que lo formaron y los once restantes exponen la doctrina estoica. El lector advertirá pronto que no siguen un orden riguroso y que se repiten. La repetición, sin embargo, no es enteramente caprichosa: el autor vuelve a los mismos puntos del estoicismo cuando siente que flaquea o que necesita un recordatorio. Una vez familiarizado con su contenido, el lector puede volver al libro, abrirlo en cualquier página y (re)encontrar una lección memorable. Insistamos: no es una obra para mera adquisición de cultura, sino para aprender a vivir mejor.
La primera edición impresa de la obra de Marco Aurelio, con traducción latina de Xylander de Augsburgo, fue hecha en Zúrich a mediados del siglo XVI por Andreas Gesner. La primera traducción al castellano, que es la que presentamos, fue hecha por el helenista español Jacinto Díaz de Miranda en el siglo XVIII. Al decir de los especialistas es notable por cómo resuelve ya algunos de los pasajes más difíciles del original griego, más bien seco y sintético (como puede notarse en traducciones modernas que aspiran a una mayor fidelidad), y el lector contemporáneo puede seguirla sin mayores dificultades. Así, a la par que aprende la doctrina estoica, aprecia un ejemplo de prosa castellana del siglo XVIII. La transcripción, simplemente modernizando la ortografía, ha sido hecha con base en la primera edición (Antonio Sancha, Madrid, 1785).
Prólogo a Marco Aurelio, Meditaciones, Universidad Veracruzana, Xalapa, 2025